Cuba Nuestra: Sociedad Civil


Auto examen ineludible
15 enero, 2011, 11:14
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La Habana, 9 de enero de 2011

El proceso incesante de transparencia informativa delimita cada vez más las opciones del quehacer político. Esto no constituye una buena noticia para las dictaduras, pero sí debe ser una realidad bien recepcionada por los demócratas. En Cuba debería serlo más, si en verdad albergamos el propósito de edificar un país serio y maduro. Nuestra cultura y mentalidad se han negado por siglos al auto examen y a la mirada interior, y el resultado ha sido devastador para la construcción de un proyecto de nación sólido y perdurable. El 2011 llega para ser un testigo imparcial.

Los demócratas cubanos hemos heredado esa condición cultural que parece insuperable. Por eso, si Cuba ha sido tomada en serio por sus mitos, nunca ha podido ser tomada en serio por sus políticos. A diferencia de otras esferas, la política jamás ha sido entre nosotros un campo de alta realización humana. Tres déficits pueden explicar esto: déficit ético, déficit del sentido de lo político y déficit institucional. Y ello acaba de ser revelado recientemente por aliados evidentes de la democracia en Cuba y por observadores solventes de nuestra realidad.  

Frente a las herencias culturales caben al menos dos actitudes: ocultar nuestras precariedades políticas, bajo la coartada de nuestra supuesta misión histórica; o develarlas, asumiendo con valentía e introspección la crítica propia de nuestros defectos.   

Nuevo País cree conveniente la segunda de las actitudes. No somos responsables de nuestras herencias. Sí lo somos por las posiciones que adoptemos frente a ellas. Y cuando el mensaje no es edificante, no es maduro emprenderla contra el mensajero. Porque resulta cada vez más claro que el escrutinio de nuestros modales y actitudes está tecnológicamente garantizado. Un dato excelente para la ecología política.   

En Nuevo País consideramos que, como oposición, no hemos estado a la altura de los desafíos ni de las expectativas creadas. El problema no radica en la falta de éxito, sino en la ausencia de examen. El hábito de transferir la culpa por nuestros fracasos enmascara la incapacidad para revisar constantemente nuestros presupuestos de actuación y nuestros conceptos políticos. De ahí la fácil personalización de los conflictos y la pérdida de perspectiva del momento histórico.

La transición que se verifica en Cuba sin lugar a dudas, y en medio de una crisis sin precedentes históricos, no desembocará necesariamente en la democratización política de la sociedad; la condición necesaria para ello está amenazada, entre otras cosas, por los demócratas mismos. Contrario a lo que afirman algunos críticos, la razón fundamental de este desfase no tiene que ver con la capacidad intelectual, sino con nuestra incapacidad para abrirnos a una nueva decencia pública. La intolerancia, el irrespeto y la facilidad para sucumbir a las historias de enredo minan las fortalezas creadas por nuestra larga resistencia a los usos y abusos despiadados del poder. Por eso somos vistos como una oposición con una clara magnitud testimonial y simbólica, pero sin la lucidez, el despliegue y el nivel suficientes para imaginar y articular el cambio.

Y nuestra peripecia histórica ha alimentado una percepción que Nuevo País considera falsa. Nuestras precariedades no se deben tanto al uso eficaz de las técnicas de penetración policial como a la hábil explotación de nuestras debilidades culturales. Donde no han podido triunfar ni la fuerza, ni el manual o la tecnología, han podido hacerlo la retroalimentación del cotilleo, la ausencia de humildad y los usos migratorios de la disidencia política.  

Nuevo País cree posible la potenciación de nuestra credibilidad. Pero a condición de incorporar seis recursos insustituibles.

Primero, la revisión permanente de nuestro curso, nuestros discursos y de nuestro lenguaje. Si ninguna sociedad que se respete admite los dictados desde el exterior, ninguna sociedad que se pretenda madura puede darse el lujo de que la crítica de sus fallas y vicios sea primero revelada por los extranjeros. Esto último pone un entrecomillado sobre nuestra condición de adultos.

Segundo, la proyección ética de nuestros comportamientos. El reconocimiento en los otros y de los otros es la premisa ética para colocarnos más o menos a la altura de los acontecimientos. La unidad puede que no sea posible dada la gama diversa de matices, proyectos loables y talantes políticos, pero el respeto es imprescindible para animar la nueva decencia pública que exige una sociedad basada en el reconocimiento y la legitimación de las diferencias.  

Tercero, la conexión con los ciudadanos. A diferencia de todos los demás regimenes, la base esencial de la democracia está en el ciudadano. Sin expresar sus intereses ni respetar la pluralidad de opciones no habrá cambio democrático. De hecho, la inflación de organizaciones políticas es reflejo de una falta de representación ciudadana, que puede explicar la reproducción permanente de desavenencias personales entre y dentro de proyectos cerrados.    

Cuarto, la imaginación creativa. Llegar a metas globales y abstractas exige la adecuación entre las propuestas y los intereses concretos de la gente. Identificar qué quieren los ciudadanos y expresar sus demandas como portavoces es esencial. Solo con la retroalimentación y el acercamiento humilde a los ciudadanos podremos avanzar y afianzar diseños estratégicos.  

Quinto, la institucionalización de las alternativas. La democracia no empieza ni termina con nosotros. Sin organizaciones institucionalizables y reglas del juego claras, asumidas y respetadas la democracia posible estará sujeta a los vaivenes y caprichos humanos, no a su concepto básico: la regulación neutral y pacífica de intereses y diferencias.   

En sexto y último lugar, es necesario asumir cierta inteligencia emocional. El control de nuestras emociones y pasiones es un requisito imprescindible para el éxito de la vida democrática. La democracia no elimina los conflictos y las tensiones, solo los regula pacíficamente. Sin la debida distancia que despersonalice dichos conflictos, faltará la elegancia de estilo de quienes se supone hemos renunciado a la verdad absoluta.   

No debemos alimentar, así reflexionamos en Nuevo País, la eventualidad de que la comunidad internacional se resigne a cualquier evolución de los acontecimientos en Cuba. Que sea suficiente con que su gobierno, en alguna de las versiones factibles de las dictaduras blandas, pague sus deudas, abra sus mercados, tolere la crítica y el postmodernismo culturales, y controle las consecuencias posibles de los conflictos probables.  En estos términos, poco podríamos hacer para que los demócratas del mundo  —sean gobiernos, instituciones o personas—  recuperen la esperanza de que la democracia cubana es viable.   

En términos democráticos, sin embargo, la democracia futura nos necesita. En el 2011 hay suficiente evidencia histórica de que, dejados a su evolución, los regímenes dictatoriales o totalitarios no avanzan hacia la democracia. Está demostrado que eso resulta imposible sociológica, cultural y psicológicamente. Solo la existencia de vigorosas fuerzas democráticas en cualquier presente garantiza la democracia en cualquier futuro.   

En Nuevo País pensamos que las apuestas democráticas realmente existentes podemos desempeñar el papel que nos corresponde. Tenemos la conciencia, la retórica y los instrumentos adecuados. Solo nos falta incorporarlos. Una tarea que demora ya demasiado, retardando  nuestra entrada al concierto de naciones libres. Y todos podemos asumir la tarea porque, rigurosamente hablando, la edad no es garantía de futuro; algo demostrado precisamente por la llamada Revolución Cubana: un proceso hecho por jóvenes. Es el tipo de mentalidad el prerrequisito forzoso para construir un proyecto específico de sociedad y de convivencia.  En Nuevo País, conscientes de que el 2011 complejiza nuestros desafíos, empezamos por resaltar uno de los retos de la nueva mentalidad: el de la política hecha y pensada con decencia. En ella, solo los medios justifican los fines.   

Mesa Coordinadora
Proyecto Nuevo País

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