Cuba Nuestra: Sociedad Civil


Disidentes y opositores llaman a Fariñas a deponer la huelga
30 abril, 2010, 20:15
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Guillermo Fariñas Hernández


Llamado de la Patria

La Habana, 16 de abril de 2010

Lic. Guillermo Fariñas Hernández

Calle Alemán No. 615-A e/ Hospital y Misionero

Santa Clara, Villa Clara.

Compatriota y hermano,

Los que suscribimos este Llamado de la Patria, asumimos la responsabilidad de acercarnos a ti una vez más con el propósito de que depongas tu huelga de hambre.

Esta petición está en la misma línea de otras tantas hechas por organizaciones internacionales, instituciones religiosas, personalidades y gobiernos en el sentido de que la vida es el bien más preciado a preservar. Incluye, además, la petición de ciudadanos cubanos de todas las creencias y tendencias.

Compatriota y hermano. La cuestión en juego es la siguiente. Sacrificar tu vida privaría a toda una familia, principalmente a tu hija, de la armonía y el equilibrio que proporcionan el amor, la tutela y el cariño de los lazos afectivos, y nos privaría de un valioso luchador por la vida futura de la nación cubana. La familia y la nación no pueden darse esos lujos.

La reacción del gobierno ante todos estos acontecimientos dramáticos revela justamente el divorcio cada vez más creciente entre las bases morales que cimentaron a Cuba y las actitudes de quienes con pretensiones manipuladoras, de espaldas a los ciudadanos, hipotecaron el futuro del la nación. Una reacción de Estado que semeja a la del guapo de barrio cogido en falta moral. Este, en vez de responder adecuadamente al desafío ético que se le presenta, amenaza con destruir marcial y violentamente a toda la comunidad.

Esa porfía persistente, esa maldad intrínseca y esa ignorancia alegre que las autoridades se empeñan en publicitar sin el menor sonrojo continúan despertando la capacidad de asombro del mundo, y uniendo a todas las personas decentes, independientemente de sus diferencias, alrededor de los valores básicos que determinan la convivencia moderna. En medio de nuestras duras peripecias, esto es algo que debemos agradecer a todo el mundo civilizado. También, gracias a ti.

A la altura de los actuales acontecimientos, queda claro que la impiedad del gobierno es su recurso más valioso para preservar el poder. Y como sabes, y nos enseñó Félix Varela, la impiedad es la señal más nítida de ausencia de virtud para el ejercicio ético de la autoridad. Frente a esto, nuestra fuerza empieza por defender la vida.

La grandeza de tu gesto sigue concitando respeto y admiración en todas partes, y en todas las culturas, y ha dejado claro para todos que la representación oficial del Estado no coincide con la representación real de la nación. Cuba está más cerca de ti que del gobierno.

La triste muerte de Orlando Zapata Tamayo, condenada desde todas las civilizaciones; la brutal represión de las Damas de Blanco, vista por todo el mundo, y tu prolongada huelga de hambre han fortalecido la sensibilidad global por los derechos humanos en Cuba, abriéndonos una nueva oportunidad para sensibilizar a la mayor cantidad de cubanos posibles. Y tu liderazgo en esta impostergable misión puede ser más importante que tu capacidad simbólica. O mejor dicho. Tu liderazgo puede ser compartido con esa capacidad que ya tienes por el gesto altruista de anteponer tu vida por la vida de los demás. Una capacidad simbólica que, en su determinación extrema, revela la odisea de un país en desesperación.

Ese nuevo momento para Cuba ha sido captado en todas las latitudes. Los promotores de la campaña Yo Acuso, han sugerido una iniciativa que debes liderar dentro de la isla: recoger 10. 000 firmas pidiendo a la Asamblea Nacional la libertad de todos los prisioneros políticos y la inmediata excarcelación de nuestros 25 compatriotas presos con precario estado de salud. Estas firmas se sumarían a las más de 46 000 que hasta la fecha han sido aportadas por ciudadanos y personalidades de todo el mundo, ─ que han decidido acompañarnos en esta hora difícil para Cuba y a la condena de numerosas instituciones y parlamentos.

Los que suscribimos este Llamado de la Patria empezamos a acompañarte en este propósito, que de seguro globalizará dentro de Cuba la conciencia por los derechos de todos.

De hecho eso ya viene sucediendo. Con la fría reacción del gobierno cubano ante la muerte de Zapata Tamayo y ante tu huelga de hambre, un ciudadano común exclamó, preguntando: !por dios, ¿quiénes son los Castro? Esta pregunta capta y resume un destino que no nos merecemos y, en su dimensión ética, es tan profunda como la ofrenda de Orlando Zapata Tamayo y tu solidaridad vital con los que más padecen: los presos.

Recuerda esto: Nelson Mandela supo decir, y dijo bien, que un gobierno no se mide por el tratamiento que da a sus ciudadanos más ilustres, sino por el que dispensa a quienes más sufren: esos presos. Y tú has sabido alumbrar estremecedoramente, junto a Orlando Zapata Tamayo y a las Damas de Blanco, el duro sufrimiento de los marginados. El juicio de la historia ya está hecho.

Y en el próximo tramo del nuevo proyecto de nación que necesitamos, tu vida es imprescindible. Así de simple.

Acompáñanos.

Por la Sociedad Civil firmamos este Llamado de la Patria

1. Leonardo Calvo Cárdenas ——— Activista político, Miembro del Comité Orlando Zapata Tamayo (COTZ)

2. Juan del Pilar Goberna ————– Activista Derechos Humanos COTZ-CCDHRN

3. Eleanor Calvo Martínez ————–Activista cívico CIR-COTZ

4. Juan Antonio Madrazo ————— Activista cívico CIR-COTZ

5. Víctor Manuel Domínguez ———- Club de Escritores de Cuba

6. Jesús Díaz Núñez ———————Activista político Arco Progresista

7. Jorge Olivera Castillo —————- Club de Escritores de Cuba

8. Fernando Sánchez López ———— Partido Solidaridad Democrática –COTZ

9. Oscar Mario González ————— Periodista Independiente

10. Carlos Jesús Menéndez ————– Activista Derechos Humanos

11. Marcelo López Bañobre ————- Fotoreportero Periodista Independiente

12. Elizardo Sánchez Santacruz ——— Activista Derechos Humanos-CCDHRN

13. Bárbara Josefa Estrabao ————– CCDHRN-CA

14. Juan Juan Almeida García ———– Ciudadano cubano

15. Lázara B. Sendiña Recalde ———— FLDBOZT

16. Hugo Damián Prieto Blanco ———- FLDBOZT

17. Francisco Leblanc Anafe– Director Instituto Cubano Estudios Sindicales Independiente

18. Víctor M. Gonzélz Buduen ——- Activista cívico –CIR

19. Manuel Cuesta Morúa ————-Activista Político- Arco Progresista-COTZ

20. Carlos Serpa Maceira ———- Unión de Periodistas Libres de Cuba

21. Roberto de Jesús Guerra Pérez ——————– Hablemospress

22. Magali Norvis Otero Suárez ———————- Hablemospress

23. Fidel Mojena Rivero ——————————- Partido 30 de Noviembre

24. Carlos Ríos Otero ———————————– Hablemospress

25. Roberto Ávalos ————————————– Hablemospress

26. Dulce María Díaz Quintana ———————— Dama de Blanco

27. Eriberto Liranza Romero ——————– Colegio de Pedagogos Independiente

28. José Antonio Sánchez Santoyo ————- Movimiento Alternativa Republicana

29. Maritza Castro Martínez ————————– Dama de Blanco (Apoyo)

30. Ivonne Malleza Galano —————————- Dama de Blanco (Apoyo)

31. Luis Cino —————————- Periodista Independiente-Periódico Primavera

32. Amalia López Morera ——————– Ciudadana cubana

33. Julio César Jorrin Campos ————— Liga Cívica Martiana

34. Sergio García Argentel ——————– Partido Democrático 30 de Noviembre

35. Jeydi Coca Quesada — Dama de Blanco (Apoyo) Partido Dem. 30 de Noviembre

36. Moisés Leonardo Rodríguez Valdés — Corriente Martiana-Unidos por Cuba Libre

37. Jaime Leygonier Fernández ——————– Periodista Independiente

38. Edel González Hernández ———————– Ciudadano cubano

39. Jorge Luis Quicutis Romero ——————— Bibliotecario Independiente

40. Lisbán Hernández Sánchez ——————— Periodista Independiente

41. Liuba N. Kawooya Toca ———————— Cuba Independiente Democrática

42. José Antonio Martínez Márquez ————— Cuba Independiente Democrática

43. Lucía Hernández Farah ————————- Activista político-Arco Progresista

44. Carlos Romualdo Purniel Ramos ————– Cuba Independiente Democrática

45. Ricardo Santiago Medina Salabarría ———- Sacerdote

46. Vicente Rodríguez Hernández —————– Cuba Independiente Democrática

47. Katia Sonia Martin Vélez ———————- Cuba Independiente Democrática

48. Lizbuz Marina Posada Licea ——————- Ciudadana cubana

49. Xiomara Sujo Fernández ———————— Colegio Pedagogo Independiente

50. Raúl Velásquez Valdés ————————– Colegio Pedagogo Independiente

51. Héctor Cruz Hernández ————————— Colegio Pedagogo Independiente

52. Ricardo L. González —————————— Colegio Pedagogo Independiente

53. Jimmy Jaime Jorge ——————————– Colegio Pedagogo Independiente

54. Humberto José Bello Laffita ——————— Colegio Pedagogo Independiente

55. Lázaro Jaime Martínez —————————–Colegio Pedagogo Independiente

56. Roberto de Miranda Hernández ——————Colegio Pedagogo Independiente

57. Soledad Rivas Verdecia ————————— Colegio Pedagogo Independiente

58. Yasea Pineda Alfonso —————————– Colegio Pedagogo Independiente

59. Ruviere González Mia —————————- Colegio Pedagogo Independiente

60. Rafael González Ruiz ——————————– Partido Liberal Cubano

61. Walter Miguel Lahens Rodríguez ————— Colegio Pedagogo Independiente

62. Lucas Garve —————————————– Periodista Independiente

63. Fernando Palacio Mogar ———————— Partido Liberal Nacional Cubano

64. Ronald Mendoza Méndez ———————– Partido Liberal Nacional Cubano

65. Pedro A. Bello Méndez ————————– Partido Liberal Nacional Cubano

66. Iván Valdés Rodríguez ————————— Partido Liberal Nacional Cubano

67. Gerardo González Morales ———————- Partido Liberal Nacional Cubano

68. Eroisis González Suárez ———————— Partido Liberal Nacional Cubano

69. Esther González Pérez ————————– UPCI

70. Roberto Díaz Morales ————————— FUN

71. Juana Vázquez González ———————— Ciudadana cubana

72. Evaristo Pérez Rodríguez ———————— FUN

73. Carlos Trujillo Goicochea ———————— Ciudadano cubano

74. Clara Mendoza Méndez ————————— UPCI

75. Faustino Suárez de la Nuez ———————– UPCI

76. Fernando Concepción Pérez ————————— FUN

77. Caridad González Vázquez ————————— FUN

78. Misleydys Rodríguez Páez ————————– Ciudadana cubana

79. Magdalena Rojas Espinosa ————————– UPCI

80. Miguel Castellanos Sánchez ————————– FUN

81. Sandro Tersidor González —————————– FUN

82. Leonardo Padrón Comptiz ———————- Activista político-Arco Progresista

83. Javier Helbello ———————————–Activista político-Arco Progresista

84. Yusnaimy Jorge Soca ———————————–Activista cívico

85. Aida Valdés Santana ————————————Activista Derechos Humanos

86. Raúl Borges Álvarez —————— Partido Unidad Demócrata Cristiana-COTZ

87. Mayra Sánchez ———————————Activista político- Arco Progresista

88. Rigoberto Rodríguez Capaz ——————-Activista político-Arco Progresista



Zapata se escribe con Z
30 abril, 2010, 20:09
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Por: Manuel Cuesta Morúa

“Hay ciertos rasgos que aparecen más visiblemente frente a la destrucción.

El hombre no actúa entonces según lo exige su conservación,

sino según lo exige su significado.”

Ernst Jünger

Escritor y ensayista alemán (1895-1998)

El rostro negro de Orlando Zapata Tamayo constituye el dato antropológico que revela la muerte de la llamada revolución cubana en su dimensión estructural más resistente: la religiosa. Indica, desde luego, otro recambio en su interior: la mudanza de su sujeto retórico fundamental: el obrero. Cuando Zapata Tamayo decide abandonar el templo de la Revolución, estaba dejando su lugar al otro sujeto que con ritmo callejero ha terminado por convertirse en su sustento básico: el lírico.

Entonces el regetonero Baby Lores entra en escena para fijar definitivamente a quién pertenece la planta principal del templo: a la poesía. Notemos bien que este cambio de sujeto se había iniciado lentamente a finales de los años 60 del siglo pasado con Silvio Rodríguez y otros trovadores, fue continuado con otras líricas textuales representadas por el escritor, poeta y ensayista Cintio Vitier ―con alguna compañía menor―, y termina su ciclo con una representación más o menos valuable del sonido hip hop.

El trayecto descrito es el del paso de la alta a la baja poesía. Si Silvio Rodríguez y CintioVitier componen una lírica compleja, estremecedora, rica, a veces ilegible para el común de los mortales y siempre interesante en el juego escolástico y barroco con las palabras, estaban garantizando sin embargo la entrada de la Revolución Cubana, entre mal y bienvenida, en el ámbito compartido por un número reducido de religiones universales o locales. Su impacto en las izquierdas confesionales de todo el mundo dependía mucho de ellos.

En efecto. La Revolución Cubana debe ser entendida como una fe. No en los contenidos, ni en la moral, ni en los fines o trascendencias de las religiones históricas. Hay un claro abismo que la separa de estas y que tiene que ver entre otras cosas con el lugar del hombre en el mundo. Un religioso, atento a la naturaleza de su propia religión, no comulgaría con esta fe construida a marcha forzada.

Pero la Revolución Cubana sí es una fe por la estructura religiosa que da a la relación entre el Estado, el gobierno y los individuos. Nada más. Pretende, intenta y logra religar a un conjunto humano en torno a unas creencias, y castiga a quienes no aceptan sin más su liturgia, sus exigencias, sus “cartas pastorales”, sus valores y su visión rígida del mundo y de los hombres. Y contrario a las religiones que dejan al César lo que es del César, la religión de la Revolución es obligatoria para todos los que tienen acta de nacimiento cubana. De ahí la expulsión o fuga del templo de quienes no aceptan, clínicamente, sus mandamientos, y de ahí la protección de estos con el ejército y la policía.

Por eso han fallado todos los intentos de analizar a la Revolución Cubana desde los criterios modernos de la economía, la sociología, las categorías y el instrumental de la política. No hay modernidad plena en estos cincuenta años precisamente porque el Dios y el César se confunden en un mismo palacio. De hecho, como sucede con la fe, aquella se confirma en el fracaso. Convertir los reveses en victorias, que puede ser un recurso asumible de la pedagogía para las batallas de la vida, significa aquí el recurso de fortalecer escolásticamente la fe en la religión Revolución con cada fracaso de su mundo real. Por que, contrario a lo que se podría pensar, con la Revolución Cubana el éxito es la derrota. La identidad entre el mito (la Revolución) y el logos (la nación) abrió, por este camino, las puertas a un tipo específico de religiosidad nacional que gozó de los grandes favores de aquella alta poesía que muy bien expresan Silvio Rodríguez y Cintio Vitier.

Pero esta alta religiosidad se quiebra. De manera que con cierto hip hop, la Revolución refleja la necesidad de preservar su propia dimensión, aunque sea a costa de rebajar la profundidad de su lírica. De hecho, este rebajamiento es una exigencia de los tiempos. La vieja poesía descubrió el mercado de excelencia o entró en la gloria y, en todo caso, redujo su auditorio a ciertos sectores aristocratizados por la revolución continental y extra continental, alejándose del lenguaje de la gente común. Baby Lores tiene el lenguaje de la gente común y apuesta por mantener visible la mitra de la Revolución para las generaciones que vienen. Con el evidente disgusto de los viejos poetas.

Entre poesía alta y baja, la Revolución demostraba definitivamente su esencia religiosa. Mantener para el proceso político el nombre iniciático de Revolución es en efecto solo posible por la poesía y su pulsión vital asociada. Podría decirse que la Revolución Cubana es un proyecto lírico que depende de la capacidad de sus poetas ―en prosa o en verso―, dentro y fuera de Cuba, para mantener vivo el entusiasmo globalizado por la catedral. Por eso es comprensible que en el largo proceso de medio siglo, la Revolución Cubana haya logrado mantener más o menos intacta la lealtad de los poetas, y no la de los obreros. Por doquier esto es así. Los sujetos activos de este proyecto diseñado por y para la confesión y el castigo son el intelectual y el artista en su fase poético-religiosa. El sujeto que, poco a poco abandona, se llama Orlando Zapata Tamayo.

Lo brutal con la muerte de Zapata Tamayo, después de su resonancia humana, es que logra hacer estallar la catedral de un modo irremediable. Porque se supone que la Revolución, en su dimensión religiosa, no podía establecer un pulso con el cuerpo negro, humilde y proletario del primero de sus sujetos. Si bien la muerte de la revolución en su dimensión política, social y económica había puesto una clara distancia de Zapata Tamayo, tomado como representación simbólica de un mundo obrero supuestamente reivindicado, la Revolución en su dimensión adoptada mantenía algo así como un fondo atávico, vinculado al mundo de algunas de las víctimas modernas ―el negro, el humilde, el trabajador, el marginado― que la mantenía atada a su legitimidad de origen y al mundo concreto de los vivos.

Pero el pulso entre esta religión con un cuerpo humano ha puesto de relieve la crueldad de esta fe y, de paso, el vacío de la poesía. Y, ¿se puede mantener la dimensión religiosa de la Revolución sin poesía? Parece que no. Frente a Zapata Tamayo la poesía se ha retirado. Por una razón: ella no está en condiciones de poner en marcha la misión de toda lírica al servicio del poder: justificar y enmascarar la violencia, y cantar la hazaña de sus héroes.

Hay una ley política que debe contar, si la tiene, con pocas excepciones: mientras más lírico es un régimen, más violencia encierra. La frase bella, los fines estéticos de un modelo de sociedad y los Estados éticos que asumen como natural la representación social de la verdad se empaquetan en un lenguaje lírico para edulcorar, invisibilizar y sublimar la violencia que necesitan, sin embargo, para edificar su paraíso poético en la tierra. Es natural por tanto que los sujetos fundamentales de estos regímenes sean los que de alguna manera trabajan con la poesía. También con las armas. Lo que no significa que toda la poesía desemboque en la legitimación lírica de los regímenes totalitarios, sino que no hay régimen totalitario sin poesía. Y se puede demostrar que también hay poesía académica.

Pero, ¿qué violencia puede ser vestida con la percha de salón de la legitimidad poética? La violencia revolucionaria contra el enemigo estructural: el “viejo orden”, y la violencia contra la violencia de los emisarios de ese “viejo orden”. El resto de las violencias estructurales que por necesidad montan las revoluciones es ignorado por la poesía, so pena de que la visibilidad de las llagas disuelva el crédito moral de los poetas. Estos deben encargarse de esconder poéticamente la violencia física y estructural que la Revolución logra ocultar a la vista de todos. Y todo esto explica por qué la Revolución, en su dimensión religiosa, desemboca inevitablemente en los modos de la aristocracia: para desespero del resto de las izquierdas confesionales y críticas.

Y esta aristocracia de modales tiene un problema para poetizar, a favor de la Revolución, la muerte por huelga de hambre Orlando Zapata Tamayo. ¿Por qué? Pues porque la muerte de este invierte el sentido épico de toda la poesía revolucionaria cubana conocida hasta nuestros días. Hasta Zapata Tamayo, la poesía se encargaba esencialmente de esculpirnos, con más o menos éxito, la muerte heroica de hombres dispuestos a morir matando. Después de él, la poesía tendría que empezar a glorificarnos la muerte simple de hombres que están dispuestos a morir sin matar. A entregar la vida en el sentido más estricto de la ofrenda. Esto es más que imposible: es contranatura en términos de la religiosidad revolucionaria cubana. La aristocracia revolucionaria retira así la poesía y deja expuesta la crueldad de la Revolución. Y al hacerlo, liquida su dimensión religiosa.

Después de Zapata Tamayo, ¿es posible seguir viviendo en la catedral? Sí, porque la catedral tiene ejército y policía, y puede prescindir de la poesía cuando ya no le importe y pierda su imagen en el pase lo que pase.

Pero además de la crueldad, a la aristocracia revolucionaria le quedan dos recursos: el cinismo y el racismo.

La pregunta cínica que hizo un diplomático cubano cuando le indagaron por la suerte de Zapata Tamayo ―entonces con vida― de si su apellido se escribía con S o con Z es un rapto natural en la psicología del aristócrata: el desprecio por los que “no tienen nombre”.

Como bien explicó Peter Sloterdijk, uno de los filósofos más importantes de la Alemania de posguerra, en su libro Crítica de la Razón Cínica, el cínico no niega la realidad con una mentira, la asume para despreciarla por lo que él cree es su escaso alcance, y su falta de peso, abolengo y dignidad. En última instancia, el cínico se da ciertos lujos psicológicos frente a la realidad porque piensa que está bien parapetado tras la inmunidad e impunidad de su clase, incluyendo sus pertenencias, privilegios y seguridades. Si se quiere captar la mentalidad, psicología y aptitudes del aristócrata, parece útil preguntarle por cualquier cosa o persona poco conocida y que no entre en el rango de sus expectativas, necesidades o extravagancias. El aristócrata, de seguro, responderá con un sarcasmo, una burla o la ignorancia asumida. Una confirmación de que el cinismo es “la moderna conciencia infeliz sobre la que la Ilustración ha trabajado tanto con éxito como en vano”1

.

Con la pregunta de nuestro diplomático estamos así frente a una excelente metáfora de la negación cínica. Es una buena manera de negar el nombre de alguien que tiene nombre. De vaciarlo como sujeto, de pulverizar su dignidad. Por ejemplo, en el Japón anterior a la época Meiji (antes del siglo XVIII) los de abajo no tenían nombre, solo eran conocidos por su pertenencia a un Daimyo específico (más o menos un señor feudal) que les prestaba su nombre. Los esclavos negros en Cuba atravesaron un proceso similar. Para el aristócrata solo hay nombre para sus iguales, aunque sean sus adversarios.

Y el aristócrata, independientemente de que se nos presente con credenciales revolucionarias, es un ente psicológico más o menos inmutable. A pesar de que, como en este caso, cometa un error de época: no guardar en todo momento las formas del interés por los más humildes. El sarcasmo diplomático expresa, de este modo, la distancia cruel del poder real. En tanto solo la aristocracia puede mezclar al mismo tiempo el siguiente cóctel: la soberbia, el desprecio, la subestimación y el racismo.

Es evidente que en último análisis Zapata murió porque era un opositor negro. Un valiente negro opositor hasta hoy desconocido. Que tuvo que morir para que le conocieran. Se ha dicho, con cierta porción de verdad, que su muerte sorprendió a las autoridades. Puede ser. Si algo ha demostrado el gobierno poseer es esa mentalidad pícara, que evita ser sorprendida por la realidad o por el enemigo. Y la soberbia puede explicar la sorpresa, pero el resto de nuestras proyecciones aristocráticas están potenciadas por la última de ellas: el racismo. Desprecio del contrarrevolucionario negro, subestimación del contrarrevolucionario negro y segregación del negro autoemancipado. En este sentido, Zapata sufrió físicamente la negación y la ignorancia que en otro ámbito se expresaron diplomáticamente. Coherencia total.

¿De qué se trata? Del castigo del emancipador. En otros textos se ha comentado sobre las trampas de la emancipación. Como esta se traduce en una libertad otorgada, siempre tiene límites. Uno de ellos dice que no se debe contestar al emancipador.

Si se necesita otra pista para fundamentar la naturaleza conservadora de la Revolución Cubana, podemos encontrarla allí, en la apropiación que esta hace, básicamente frente a los negros, de la gracia religiosa ―la cara amable de la moneda dura del castigo. Si siempre debemos agradecer a Dios por los beneficios que se nos dan en esta vida, dicen todas las religiones históricas, la Revolución Cubana instrumentaliza la gracia para garantizar la sujeción de los de abajo. Es esta una de las vías para liquidar al ciudadano y de paso garantizar la tranquilidad social. De este manera, la Revolución Cubana establece una legitimidad “trascendental” que provoca dos preguntas conectadas: primera, si su naturaleza y propósito son sociales, conceptualmente hablando, ¿por qué agradecer lo que constituye una obligación?; y, segundo, si su justificación nace de la interpretación de las necesidades de una época, ¿por qué agradecer a la Razón Histórica que haya actuado según su propio dictamen? Está claro que Zapata Tamayo no pidió ni podía pedir a nadie que hiciera la Revolución.

Pero Zapata, negro, estaba atado por aquel vínculo religioso. Debía agradecer los beneficios reales o supuestos que la Revolución ha otorgado a su gente, y permanecer callado y solícito. De no ser así, debía atenerse al castigo del emancipador con toda la furia del Dios del viejo testamento. Por rebelarse sufrió pues el plus dolor del que nos hablaba Gustavo Urrutia, el intelectual negro cubano de la época republicana. Y en el proceso del plus dolor, el gobierno ignoraba, porque no miraba, que Zapata estaba muriendo.

Su muerte tiene por supuesto resonancias filosóficas y morales. También, como hemos visto con anterioridad, resonancias sociológicas y del orden de la representación simbólica. El intento de reducirlo a un delincuente común parece lo que es: una desesperación de Estado para desublimar, primero ante sí, y luego ante el resto del mundo, los impactos profundos de un hecho que pone fin a una era cubana: la de los experimentos y las fantasías revolucionarios, y la de un proyecto y modelo de nación agotados.

En términos filosóficos la cuestión en juego es esta: en su condición occidental, ¿cuál es el lugar del hombre singular para la cultura cubana? La diferencia específica aquí no tiene nada que ver con el papel del hombre en el universo, sino con el límite ínfimo del proceso de la cultura cubana. Porque se trata, para esta, de una doble dimensión de ese lugar: la del hombre genérico y la del hombre racial y cultural. Para Cuba, no hay posibilidad de un hombre único, filosóficamente hablando, y este es el límite antropológico para la estructura de la sociedad, el poder y el Estado cubanos.

La actitud del gobierno con Zapata Tamayo revela ese inconsciente no reprimido que desesperaba a al fundador del psicoanálisis, Sigmund Freud, impidiéndole explicar algunas conductas humanas. Para mí se abre con este caso la vieja pesadilla sin reprimir del pensador cubano José Antonio Saco, quien no sabía qué hacer con el negro. Había por tanto que excluirlo, en su propia identidad, de la Ciudad Cuba. Para la aristocracia actual la pesadilla es más complicada. No intenta excluirlo de su templo. Más bien intenta asimilarlo folclorizando su identidad. Para ello le da un giro laico a la gracia religiosa, manteniendo su contenido, y actualizándola con el viejo concepto criollo de tutela generosa. El dilema entonces empieza cuando el negro decide autoemanciparse. Es decir, los Zapata Tamayo negándose al agradecimiento y a la obediencia.

En términos morales, por su parte, lo importante es indagar sobre el vínculo ético entre el Estado y los ciudadanos, y sobre las justificaciones últimas en el ejercicio del poder. Lo que es fundamental en términos civilizatorios. Si el gobierno no respeta sus propias reglas del juego, corrompe el ejercicio de la violencia para reducir extralegalmente a sus adversarios y la comparte, burlando su propia Constitución, con grupos paramilitares (las Brigadas de Respuesta Rápida), está deslegitimando moralmente el punto de partida de toda civilización: el autocontrol y el respeto por las pautas dadas de convivencia, aunque sea en nuestro perjuicio. La pregunta moral: ¿consultas con tus propios valores antes de actuar o no actuar?, ha dejado de ser respondida satisfactoriamente por la pedagogía práctica del Estado.

Moralmente, también estamos frente a la naturaleza ética del Estado cubano en su visión del hombre. ¿Qué era Zapata Tamayo, un ciudadano o un enfermo? La ética ideologizada a través de la cual el gobierno cubano ve a los individuos como pacientes a los que hay que curar, y no como ciudadanos frente a los cuáles tiene que responder, ha llevado a que se considere su huelga de hambre como un asunto médico, cuando en verdad era un asunto político. Intentar la defensa basado en que la medicina hizo todo lo posible frente a un hombre que se negó obstinadamente a comer, revela que para el Estado el hombre es solo visible en su antropología física —todos somos vistos como pacientes, sanos o enfermos—, no en su antropología política —en la que somos ciudadanos que reclaman. Por eso se ha intentando una y otra vez desvirtuar la huelga de hambre con razonamientos medicales: cuando esta es un arma política en la que se utiliza el propio cuerpo como instrumento contra el Estado, para lograr de este la satisfacción de una demanda acumulada. Recurso tan viejo como la más vieja de las luchas políticas, sustanciado como método propio de los revolucionarios, y que solo la hipocresía puede considerar peor que las muertes voluntarias que provocan las guerras.

El ritual de muerte protagonizado por Zapata Tamayo alumbró, así y humanamente, los abismos abiertos en la cultura y moral cubanas. La tensión entre dominación y autonomía fue resuelta a favor de esta última al precio de una vida. Y lo que Zapata Tamayo puso de relieve fue una de las verdades más profundas de nuestra historia: la única propiedad que tiene el negro es la de su propio cuerpo. Esta es la única propiedad que ha podido vender, exponer, mostrar, entregar, y exhibir frente al mundo y frente a sus dominadores y emancipadores. Zapata Tamayo quiso también sacrificarla.

Él no negoció con su cuerpo. Solo confirmó la reapropiación de su identidad moral con la autodestrucción de su identidad física. Que los restantes huelguistas de hambre hayan sido en su mayoría negros reafirma el dilema histórico de la identidad y la integración del negro en Cuba. No aplaudo para nada semejante solución final. Me limitó a abrir las premisas de la interpretación antropológica de la cultura cubana y su permanente tensión dentro del proyecto nacional; expresada esta tensión, y en ese límite ínfimo, siempre en una decisión dramática sobre el propio cuerpo. En la esclavitud, que le sujetaba físicamente, el negro se suicidaba. Un acto igualable a la huelga de hambre solo por su resultado final.

Pensar entonces que lo de Zapata Tamayo fue una negociación política con el cuerpo frente al régimen me parece un sano voluntarismo de la razón, que cumple el propósito de suavizar intelectualmente la metabolización del escándalo moral. Porque es cierto que, contando con los dispositivos de sensibilidad en estado normal, es psicológicamente inadmisible que se deje morir a alguien por razones de Estado.

Pero me parece bastante claro que el gobierno cubano no iba a mostrar compasión alguna frente a la huelga de Zapata Tamayo. Las aristocracias no negocian con los simples individuos. Así de claro. La práctica del gobierno en materia de derechos humanos ha sido bien transparente en este sentido. Nunca ha respondido a las demandas, exigencias, súplicas y petitorios de los cubanos. Nunca. No hay una sola prueba de que esto haya sido así en el pasado. No porque hayan sido exigencias de sus enemigos, lo que es una explicación racional y comprensible en términos de guerra y conflicto, sino porque las aristocracias se enemistan en principio y por principio con los súbditos que juegan al ciudadano. No se trata en este caso del esquema político amigo/enemigo, sino de la relación “natural” entre aristocracia y pueblo, en el sentido de la plebe.

Sin teorizar demasiado, Zapata Tamayo sabía esto. Y le fue confirmado con la suma alegre de años a la que fue condenado en prisión. Práctica normal en las prisiones cubanas. Por eso decide, con una serenidad que hiela, recuperar su identidad explotando su cuerpo en manos de la costra dura de la aristocracia. Terrible decisión que refleja espantosamente esa propiedad soberana que ejerce el negro sobre su cuerpo en otros ámbitos: la música, la danza, el deporte y la religiosidad.

De modo que donde la mayoría ve solo un conflicto político, creo se debe ver además, y sobre todo, un conflicto moral y cultural en su versión antropológica. Por todo ello, Zapata Tamayo encierra con este gesto de muerte una densidad inasimilable, sobre todo para las autoridades.

De ahí el expediente criminológico. Para peor. Porque se pone en juego entonces el otro recurso de esta aristocracia de modales con lenguaje revolucionario: el racismo.

A principios de la década de los 80s del siglo pasado sucedió un hecho que causó cierta conmoción moral, esencialmente en el mundo marxista: el filósofo francés Louis Althusser, uno de los pensadores marxistas más destacados, estranguló a su esposa Hélène. De inmediato comenzaron a sucederse las interpretaciones. En el centro, la pregunta: ¿por qué? Las corrientes explicativas se precipitaron vertiginosamente. Según una de ellas, Althusser había matado porque era un criminal; es decir, se había revelado por fin su verdadera esencia; por medio del asesinato se había llegado a convertir definitivamente en lo que íntimamente siempre fue. De más está decir que esta corriente era la de sus enemigos políticos y filosóficos.

Otra corriente explicativa lo veía del siguiente modo: Althusser estaba fuera de sí cuando cometió el crimen. Se había abandonado a sí mismo. Rechazaba su esencia y su verdad. No fue su libre querer lo que le movió a cometer el asesinato, sino su sensibilidad para captar el clima violento y opresivo de su sociedad, el inmisericorde imperio del capitalismo multinacional. Es decir, no fue Althusser quién mató, sino la época y la circunstancia histórica. Según esta interpretación, en otra época y lugar nuestro ilustre filósofo, el teórico de la superdeterminación de las estructuras impersonales, jamás habría dañado a nadie. Queda claro que esta es la versión de los amigos.

La tensión moral del suceso Althusser era compartida por ambos bandos. ¿Qué puede mover a un hombre de semejante reputación a cometer un acto tan banal y torvo al mismo tiempo? Si para unos la responsabilidad es enteramente del Althusser antropológico, el que no puede sustraerse de su particular mundo mental y psicológico; para otros la responsabilidad es de la época y sus circunstancias, escogiendo a un hombre bien visible para denunciar, mediante un acto autodestructivo, las miserias de este mundo. Los primeros siguen por supuesto una vía fieramente conservadora para explicar los actos de los hombres. Los segundos van detrás de lo que podríamos llamar la vía progresista en la interpretación de las cosas y los hombres: empezando por sus actos.

Esta tensión moral fue muy visible porque Althusser poseía una reputación previa a su penúltimo acto de despedida dramática del mundo. Su último fue el suicidio. La cuestión era: ¿un reputado maestro, mundialmente conocido, fue siempre un asesino?; es decir, ¿debe ser juzgado hacia atrás o a partir de su penúltimo gesto? En otro orden, la pregunta es: ¿debe prevalecer en el juicio final toda una historia de vida dedicada a la ilustración del mundo?

En el fondo, el asunto moral que el caso Althusser puso en discusión fue este: ¿merece un hombre ser juzgado por sus actos buenos o altruistas o por sus actos mezquinos y destructivos? ¿Debe pesar más la marca anterior o la última marca?

En todos los casos, la respuesta será distinta según se parta de una premisa moral o de una premisa política, o de una combinación de ambas. Moralmente se puede relativizar el crimen porque Althusser estaba del lado de los buenos. También se puede condenar duramente, porque, según otros, estaba del lado de los malos. Desde luego que se puede decir también: estaba del lado de los buenos, pero se comportó como un criminal al final de su vida; o, era un criminal por su esencia, pero hizo algo que puede asumirse como bueno para la humanidad: enseñar en universidades y publicar libros eruditos. Al final lo que Althusser demuestra es que se puede compartir una misma tabla moral, al tiempo que explicar a los hombres por su vida y sus circunstancias.

Zapata Tamayo merece este análisis. Sin embargo, en su propia defensa, la aristocracia revolucionaria asume el expediente de las ideologías conservadoras que fundaron la criminología racista de Cuba. ¡Extraña manera de ser de izquierdas!

¿Quién es Zapata Tamayo? La ficha, incompleta, suministrada por sus familiares, amigos y conocidos es como sigue.

Nacido en Santiago de Cuba, el 15 de mayo de 1967 en el seno de una familia humilde, se traslada junto a ella al municipio de Banes en la provincia vecina de Holguín. Llegó al 9no grado y se hizo posteriormente albañil. Se traslado a la Ciudad de la Habana a finales de los años 90 formando parte de los Contingentes de constructores que laboraban en la construcción de hoteles, labor que llegó a alternar en la empresa de Obras Marítimas en el Puerto de La Habana. No se ha precisado bien si, como aducen ciertas versiones, fue miembro de la Unión de Jóvenes Comunistas. Pero lo cierto es que siendo trabajador de un contingente que provenía casi enteramente de las provincias orientales, habría recibido el fuerte adoctrinamiento político propio de brigadas de trabajadores que, al ser constituidas, juraban fidelidad personal al líder de la Revolución Cubana.

Vivió durante unos años en el municipio de Regla, en Ciudad de La Habana, con una familia que allí le acogió. Y comenzó a alternar sus tiempos de ocio en lo que constituye la Plaza Mayor de la discusión beisbolera y la plaza menor de la discusión política: el Parque Central José Martí, en la capital de la isla.

Que tenía inquietudes políticas es obvio porque del Contingente desembocó en la disidencia. Y en su caso se trata de auténtica disidencia, porque los testimonios cuentan que hizo su debut político en la plaza menor defendiendo a la Revolución Cubana. Allí, en la discusión permanente, se produce la transición natural que se da en cualquiera que haya nacido después del año 1959 y haya abierto los ojos.

Consta que Zapata Tamayo fue detenido por primera vez en La Habana el 6 de diciembre de 2002 cuando se disponía a participar en cursos de derechos humanos que por entonces se impartían en el entorno del Dr. Oscar Elías Biscet, hoy encarcelado. Llevado a la Unidad de la Policía Nacional Revolucionaria del municipio 10 de Octubre, fue inculpado por los presuntos delitos de Desorden Público, Desacato y Desobediencia. Fue entonces trasladado a la prisión de Guanajay, provincia de Pinar del Río y puesto en libertad en enero de 2003.

Una vez liberado, completa su transición personal participando en los ayunos de la calle Humboldt No. 157, en la casa de Jesús Yanez Pelletier, un viejo disidente ya muerto, y de Marietta Villalta, una disidente que hoy reside en España. Recordemos que esos ayunos fueron organizados por Martha Beatriz Roque, quien fuera entonces la líder principal de la Asamblea para Promover la Sociedad Civil, y algunos de sus colaboradores más cercanos en aquella época: el Dr. abogado René Gómez Manzano y el ingeniero Félix Bonne Carcasés.

Zapata Tamayo es detenido allí, por segunda vez, el 20 de marzo de 2003, de nuevo por Desacato y Desorden Público, y es condenado en la ola de los 75, aunque recibe una condena menor de tres años. Es llevado a la prisión de Quivicán, en el municipio del mismo nombre en la provincia La Habana hasta el año 2005. De acuerdo con los testimonios de algunos presos, a Zapata Tamayo le ponen en aquella prisión el sobrenombre de “alma rebelde”. Y a estas alturas, juzgando por las acusaciones, estamos frente a un hombre típico del oriente cubano: el tipo indómito.

De la prisión de Quivicán, Zapata Tamayo es llevado a la prisión de Taco Taco, en la provincia de Pinar del Río. Y de ahí sigue su peregrinar y el aumento de su condena en cada estancia de presidio. El resto de lo conocido es de todos conocido.

Hay en toda esta transición un par de puntos interesantes. En efecto. Tamayo era un hombre violento. Según la versión de alguien que intercambiaba con él, es cierto que tuvo una fuerte pelea con otra persona, que implicó un hecho de sangre, en la intersección de las calles Prado y San José en La Habana, uno de los límites del Parque Central. Un tipo de violencia pasional muy común en Cuba y que no convierte necesariamente a nadie en delincuente.

Noto el hecho como interesante porque como sostenía Mahatma Ghandi, alguien que hizo varias huelgas de hambre, ―claro, contra el poder británico lejano de la posterior línea tatcheriana― la peor violencia es la que se ejerce contra el propio cuerpo. Lo que significa que Zapata Tamayo necesitó acumular y reconvertir una carga inmensa de violencia para llevar la huelga de hambre hasta sus últimas consecuencias.

El segundo punto en la transición, conectado con el anterior, nace de otro testimonio. Según este, en los ayunos de la calle Humboldt, Zapata Tamayo habría declarado que quería nutrirse en los principios de la no-violencia, en los que se había iniciado con Elías Biscet, leyendo y siguiendo a Ghandi. De hecho ya había tomado su primera clase práctica en la prisión: había recibido allí un puñetazo de otro preso, que decidió no cobrar.

Este segundo punto significa que, en términos de la ahimsa, (la no-violencia que practicaba Ghandi) Zapata Tamayo había completado la purificación (transición espiritual) que convierte la violencia socialmente peligrosa, que daña el cuerpo de los demás, en violencia políticamente simbólica, que solo daña el propio cuerpo. Y parece incontestable que sin este proceso de transición hacia otra visión de la potencia humana nadie entrega su cuerpo, poco a poco, durante 86 días.

Se necesita —lo que marca la diferencia esencial entre huelga de hambre y suicidio— concentración, coraje, sentido de propósito, violencia acumulada, controlada y dirigida desde la mente contra un objetivo poderoso, y un triste sentido del humor para asimilar la banalidad festiva de hombres y mujeres que están ahí afuera ignorando el sacrificio. Porque, este es un dato muy importante, Zapata Tamayo hizo su huelga de espalda a la opinión pública. Lo que no debilita moralmente el gesto de Guillermo Fariñas Hernández, pero si lo hace más conmovedor.

Un delincuente común no logra atravesar la primera fase de esta transición: la consideración abstracta y serena de que hay algo que vale más que la propia vida.

Pero la versión de los enemigos de Zapata Tamayo dice que se trataba de un delincuente común, con un prontuario de delitos poco superable, convertido en prisionero político por una nueva especie de conspiración juedo-masónica entre Amnistía Internacional, que lo adoptó como preso de conciencia en 2003, los Estados Unidos de América, La Unión Europea y last, but not least, el hato de mercenarios internos que necesitaban al mártir que no tenían.

La interpretación moral sobre Zapata Tamayo entra en el debate. Lo cual quiere decir que, para sus enemigos, el hombre debe ser juzgado no por donde empezó Louis Althusser, por una vida dedicada a los gestos y actos nobles y edificantes, sino por donde terminó: por su acto criminal. Si la fase anterior de Althusser no contaba para sus adversarios, la fase última de Zapata Tamayo no cuenta para los suyos.

¿Era un delincuente Zapata Tamayo? Conviene averiguarlo bien. Y por una razón mejor. No para desecharlo en su pasado, siguiendo a la escuela de la moral conservadora, sino para escribir una biografía de talla humana que ponga en perspectiva la nueva historia, escrita en la post inocencia de los pueblos, en la que, página contra página, la vida de cada quien contenga todos los matices de su existencia. Esa es la mejor manera de poner fin a la visión patrística y hagiográfica hecha para ciudadanos inocentes e inmaduros; es decir, para no-ciudadanos. De hecho, la vida corta de Zapata Tamayo sería un buen punto de partida para dejar atrás el modelo de escritura de la historia que imitamos de Thomas Carlyle, el historiador inglés, a partir del cual solo es interesante escribir la historia de los grandes hombres. O mejor dicho: inventar historias para aquellos a quienes pueden considerarse grandes hombres que, con la magia de la mística y el olvido, parece que nunca fueron malos.

Ahora bien. La reacción aristocrática de la elite de poder merece ser analizada en términos de la historia social, cultural y política de Cuba. Esta reacción refleja no solo una mentalidad, sino el creciente divorcio entre mito (Revolución) y logos (nación cubana). Algo por cierto muy positivo, aunque sea a un altísimo costo.

Para este análisis se debe partir de un supuesto: Orlando Zapata Tamayo era efectivamente un delincuente común.

Aquí retomo el modelo de análisis para el caso de Louis Althusser. Porque a partir de este modelo entran en confrontación el análisis moral del hombre en sus circunstancias con el análisis moral del hombre, independientemente de sus circunstancias. El primero de los modelos es propio de la aproximación social-progresista. El segundo, de la visión aristocrático-conservadora. Y el segundo equivale en Cuba a racismo.

Me explico. La visión criminológica tradicional en Cuba asocia, hasta nuestros días, criminalidad con tipos humanos y culturales. En ella siempre se hacen confluir orígenes raciales con orígenes culturales para establecer tipologías sociales que precriminalizan a grupos humanos en función de tales orígenes, y prejuician el ejercicio de la justicia y de la autoridad. Se supone que un negro es proclive a cometer determinado tipo de delito, no cualquier delito y, por lo tanto, debe ser judicialmente neutralizado para controlar sus posibles actos delictuosos.

Lo interesante y específico para este caso son dos cosas: primero: la precriminalización cultural se convierte en el típico ejemplo de lo virtual creando lo real. Zapata Tamayo era un negro cuya condición delincuencial efectivamente es producida por un ambiente que crea y recrea sus condiciones y estilos de vida: la marginación. Segundo, la tipificación criminológica le cierra el paso, como sucede con la vieja tradición antropológica cubana, a la conversión.

Es decir cuando se ocultan en el análisis la marginación social creada, como fuente del delito, y al mismo tiempo se elimina el criterio de conversión posible de los individuos, entramos de lleno en el tipo de análisis conservador y reaccionario que culpa exclusivamente al individuo por sus faltas y le bloquea el camino a la recuperación.

¿Era Zapata Tamayo un delincuente por la sociedad o contra la sociedad? Se supone que el análisis serio parta de una aproximación a las condiciones de vida en Cuba para analizar las conductas sociales. En este sentido Zapata Tamayo sería no un delincuente, sino el delincuente típico y promedio que genera la marginación cubana, y que puebla la abultada cifra de presos cubanos en la abultada cantidad de cárceles del país. Una marginación social aumentada y corregida en los últimos años, y que habita fundamentalmente en sectores racialmente identificables; y en regiones específicas de Cuba donde coinciden pobreza, raza y bajo nivel cultural, generacionalmente reproducibles.

La elección de vida, un acto perfectamente posible como índice en el ejercicio de la libertad, haciéndonos responsables de nuestros actos, debe ser juzgada en todo momento contra este fondo social del que provenimos; elección que nace a través de una experiencia, abriéndonos las opciones o no a rectificar el rumbo y a pagar por nuestras faltas. Significa que solo hay expiación porque hay culpa. Cerrar el camino de aquella, sin contextualizar esta, fue exactamente lo que hicieron los enemigos conservadores de Althusser, y ha hecho la aristocracia de poder en Cuba con Zapata Tamayo.

¿Podía este expiar o no sus culpas pasadas? Sí. El contexto determinó en Zapata Tamayo unas conductas que las circunstancias no le permitirían eludir. La marginalidad es el dato social que, por tanto, las circunstancias legales y morales no le perdonan y que, precisamente por ellas, le obligan en ambos sentidos. Pero llega el momento de la expiación, cuando Zapata Tamayo es recuperado en una u otra dirección. Y lo interesante de su recuperación es que no va en el camino de esa sociedad que ha producido y recreado la marginalidad que lo determinó en un momento de su vida, sino en la dirección de rebelarse cívicamente contra tal sociedad.

En su expiación cívica, pesan su pasado y su historia. Sin dudas. Zapata Tamayo era un hombre violento, que reproduce en la capital del país un comportamiento aprendido pedagógicamente en la enseñanza del Estado y en la tradición cultural y heroica de su lugar de origen —no hay héroes sin violencia—; pero también es un hombre que aprende a reconvertir su violencia dentro de un método duro, exigente y cívicamente épico, y que llega a hacer de su cama en prisión un anaquel para libros.

La capital es su espacio iniciático, con todos los rituales de la iniciación, para una nueva elección moral de su próximo proyecto de vida: está vez en el camino difícil que describe la lucha por la libertad. Diría que una elección moral contra su doble pasado: el social y el moral. Hay aquí una grandeza en lo simple que reivindica nuestra historia.

Entonces, el problema para la aristocracia revolucionaria no es tanto que Zapata Tamayo haya sido probablemente un delincuente —ella sabe bien que solo hay culpa si hay posibilidad de expiación— sino que aquel se auto recuperó para la causa contraria. Si Zapata Tamayo hubiera entrado en el proceso de reeducación revolucionaria, se hubiera convertido en un soldado de la Revolución y hubiera participado en alguna misión importante a cuenta del Estado, podría haber sido mostrado, en cualquier circunstancia propicia, como ejemplo de una Revolución que rescata a esas ovejas descarriadas del reino, que aprovechan, al menor descuido, cualquier puerta entreabierta del templo.

Al elegir, desde su presunta historia delincuencial, esa libertad —la libertad— que es excluida por todo proyecto revolucionario de perfección, Zapata Tamayo se conecta con la historia de la nación cubana como logos, y en contra de la Revolución Cubana como mito. Conexión que intenta ser negada, contra sí misma, por la aristocracia revolucionaria. Y se le comprende. Zapata Tamayo significa esa inversión épica desde el mundo cívico que es psicológicamente intolerable para ella y para su proyecto, e inalcanzable para la “legítima” violencia revolucionaria. De ahí su impotencia ante Zapata Tamayo, y de ahí que se olvide de su propia historia y de parte de la historia constitutiva de Cuba.

¿Y qué hace nuestra aristocracia revolucionaria? Veamos.

La historiografía cubana, que no logra superar aún su epistemología racista, ha oscurecido estas dos cosas: la participación del negro en el proyecto inconcluso de nación, y la participación del bandido en la historia política de Cuba.

Si no fuera por el impacto psicológico, cultural y político sobre la visión esclerotizada de esa aristocracia, asombraría, al menos en su parte ilustrada, cómo esta puede desconocer que el bandidismo es parte de nuestro proceso de creación nacional. Dos razones poderosas están detrás de esto. La primera es que las luchas por las independencias son indisociables en Cuba de las luchas de expectativa social. Ello siempre significó incorporar al explotado, al marginado, al hombre que se conoce los intersticios de la sociedad, que se arriesga al peligro y conoce los mecanismos de inserción y penetración en lo oscuro de esa sociedad, y en las zonas inhóspitas de la geografía.

Significó también apropiarse de todo aquello que ayudara a fortalecer la simbología nacional contra el extranjero y a reafirmar, en todos los ámbitos de la vida, lo que se cree como auténticamente cubano. Es por eso que Alberto “Yarini” Ponce de León, un auténtico proxeneta, mujeriego y delincuente, que hoy podría estar penando una condena de más o menos 30 años, fue y es un auténtico icono de la cultura cubana y de los esfuerzos por reafirmarnos frente a lo foráneo. En su caso, por haber logrado incursionar con éxito, astucia y valentía en un negocio controlado por los franceses. “Yarini goza por esto de literatura y filmografía.

Y hay más en nuestra Historia escrita, así con mayúsculas. Los desarrollos en Cuba después del Pacto del Zanjón, que puso fin a nuestra primera guerra por la independencia (1868-1878), se conforman, tal y como ha investigado el historiador cubanoamericano Louis A. Peréz Jr., a lo que el historiador británico Eric Hobsbawm sugiere como generador de una forma específica de protesta rural, identificada como bandidismo social: campesinos que se convierten en sujetos fueras de la ley, de un tipo especial que llegan a gozar de la protección de los residentes en una específica comunidad. Un punto de vista muy interesante, por cierto, para analizar el rol posible de una sociedad corrupta como la cubana actual, en todos los estratos y niveles, en su propia regeneración moral y cívica.

Estos bandidos operaron en toda Cuba en la década de 1880 a 1890. Bajo el liderazgo de gente como Juan Vento, José Inocencio Sosa, (“Gallo Sosa”), y Manuel García (“el rey de los campos de Cuba”), el líder más famoso que operaba en la provincia La Habana. Pero estaban además Victoriano y Luís Machín que dominaban la región de Vuelta Abajo en Pinar del Río; José Plasencia, José “Matagas” Álvarez, Nicanor Duarte, Regino Alfonso, Desiderio y Nicasio Matos, y Aurelio Sanabria, que se movían en las zonas interiores de la provincia de Matanzas; y, en Santa Clara, Florentino Rodríguez y Bruno Gutiérrez.

Pues bien. Todos ellos se incorporaron a las luchas por la independencia organizada por el Partido Revolucionario Cubano de José Martí. Manuel García, particularmente, fue un ardiente defensor de la libertad de Cuba. Él había sido uno de los criminales que aceptó una temprana amnistía y un subsidio dados por las autoridades coloniales para emigrar a la Florida en los Estados Unidos. Y fue en el curso de sus dos años como tabaquero en Cayo Hueso en el que se operó su conversión a la causa independentista. Cuando regresó a Cuba en 1888, lo hizo como agente del Club Revolucionario de Cayo Hueso, y a menudo invocaba lemas revolucionarios en sus asaltos contra la propiedad. Mucho del dinero recolectado por él en estos años sirvió para apoyar las actividades revolucionarias de sus antiguos asociados en Cayo Hueso. Y el rescate obtenido por liberar del secuestro al plantador Antonio Fernández de Castro en 1894 fue donado a los organizadores del Partido Revolucionario Cubano en La Habana.

Aquello de Una Vida sin sombra, libro escrito en 1950 por el intelectual Octavio Ramón Costa y Blanco, para realzar debidamente la vida del revolucionario cubano y amigo de José Martí, Juan Gualberto Gómez, es expresión de un hecho: la de muchas vidas revolucionarias con sombra.

Solo la vieja visión aristocratizante de la historia de Cuba, un país sin condados que tuvo condes y sin marcas que tuvo marqueses, puede escamotear el asunto de los bandidos participando en la historia, desconociendo su propio suelo. Y aunque en su libro Lawless Liberators (Libertadores sin Ley) la autora norteamericana Rosalie Schwartz analice profundamente las consecuencias de los contactos de José Martí con los bandidos cubanos para promover la independencia, lo cierto es que la esquizofrenia cultural, política e histórica de crear dos mundos paralelos en el curso de una historia cultural, social y política que se confunde en una, y que no puede entenderse sin sus marginalidades, —las creadas y las derivadas—, es el camino más corto para repetirnos. Como aquel que no logra liberarse de sus traumas porque se niega a reconocerlos en público, para sí y para los demás.

La segunda razón por lo que la historia constitutiva de Cuba no puede ser separada de la historia del bandidismo es esta. Cuba ha tenido una historia demasiado corta para forjar verdaderas aristocracias: ni de la sangre, ni de la tierra, ni de los orígenes, ni de la guerra. La única aristocracia que pareció cuajar en algún momento fue la del dinero, y ella no fraguó en sus dos primeras condiciones: la tradición y la continuidad a través del tiempo.

Los patéticos esfuerzos de inventarnos una aristocracia en estas tierras han caído en el ridículo porque han carecido de algo esencial para toda aristocracia: fuertes códigos de conducta y de honor que garantizan su perdurabilidad y su comportamiento irrenunciable frente a las tentaciones transgresoras. Un aristócrata que se burle todos los días de sus propios códigos, como sucede con la aristocracia de modales en Cuba, es un remedo.

Solo desde la aristocracia genuina puede forjarse la mentalidad necesaria para tomar distancia de los modos y estilos de los de abajo, sobre todo cuando se quiere dar conformación y cuerpo a un proyecto específico de nación. Carecer de esa aristocracia real aquí era lógico y fue lo que abrió las opciones a un proyecto independentista basado en el legado republicano y cívico, y en los ideales democráticos y populares.

Lograr esto en Cuba requería asociarse, como he apuntado más arriba, a los de abajo, a los desclasados, a los pobres y marginados cargando, sin opciones, con sus conductas habituales. Por eso a lo largo de las luchas del siglo XX los más bellos ideales convivieron con los secuestradores, marihuaneros, proxenetas y demás actores en el mundo bajo de las conductas y las morales, en nuestro eterno camino a la Revolución.

Manuel García, “el rey de los campos cubanos”, tuvo su prolongación revolucionaria en Crescencio Pérez, el campesino cubano que ayudó a los rebeldes de la Sierra Maestra, y que estaba perseguido por una ley que lo consideraba cuatrero, ladrón de ganado y antisocial.

¿Podría ser de otro modo? No. Donde la historia social y política se imbrica para fundar un proyecto es inevitable el cruce de fronteras sociales, morales y de conductas asociadas a prácticas que, abstractamente consideradas, nos parecen repudiables. Fundamentalmente en naciones emergentes, en las que las clases sociales se van forjando en el curso de su proceso y donde las tradiciones tienden a ser todo lo débil que puede ser una tradición que está por debajo del milenio.

Y donde la historia social y política se conecta a una propuesta de emancipación el asunto es más denso. El mismo proceso de la Revolución Cubana es elocuente. Secreto de los Generales, un libro de entrevistas concebido y editado por el periodista Luís Báez en 1996, del cual curiosamente no he visto otra edición, es una rica narrativa en las historias de vida de muchos hombres que llegaron a generales y a ostentar altos cargos en la dirección política y militar del país después de 1959. Y que llegaron a realizar, desde el punto de vista militar, hazañas ponderables por cualquier academia militar del mundo.

Ahí, en ese libro, están presentes, abiertos y sugeridos, todos los claroscuros posibles de la experiencia humana. Desde quienes protestaban, no por sentimientos revolucionarios sino para librarse de las clases o de los padres, hasta quienes cometieron delitos comunes y cayeron presos, o fueron injustamente condenados por delitos comunes cuando en realidad fueron encarcelados por su desacuerdo con las prácticas de la dictadura de Fulgencio Batista; pasando por los jugadores de bolita, loterías, u otros eventos sociales de la gente “mal”, para llegar a quienes aprendieron lo que creían era la Revolución en la trayectoria de los acontecimientos.

En la historia de Cuba no es posible juzgar eso sin creernos al mismo tiempo que el curso de nuestro pasado debería semejar al de Austria. Solo desde un vergonzante aristocratismo, se puede entender que la marginalidad no sea vista en Cuba con una mirada antropológica, social y cultural al mismo tiempo. Un país que no ha hecho otra cosa que crear y recrear marginalidades, y en consecuencia delincuentes, en todos los niveles de la sociedad. En el Estado y en los arrabales.

Si Zapata Tamayo resulta que fue un delincuente en su prehistoria oriental, conviene recordar por eso que todas las caras de la moneda aparecen en las páginas vivas de nuestros orígenes y de nuestra historia, y también de nuestras posibilidades de partida hacia al futuro. Cualquier futuro.

Y como siempre. Adecentarnos —por esta fecha se requiere un poder decente sin queremos lograr la hegemonía de la decencia— y deshacernos del lado oscuro de la historia exige una crítica del presente en todos los estratos, niveles y ámbitos de la sociedad. Y, reitero, desde el poder hacia abajo, nunca al revés. Fundamentalmente porque los pueblos educados como niños perennes hacen lo que todos los niños: imitar a sus educadores. Más en lo que ven hacer, que en lo que les dicen que hagan.

Pero como punto final me adelanto a recordarle a la aristocracia revolucionaria otra de las condiciones para la perdurabilidad de toda aristocracia: el sano ejercicio de su propia memoria. Sus imágenes publicitadas en el libro Disidentes retratan, si no son trucadas, a un Orlando Zapata Tamayo en medio de un ayuno cívico y político, inmediatamente antes de su última detención el 20 de marzo de 2003. Los lectores pueden olvidar las memorias de los otros; los propios autores no deberían olvidar la suyas sin correr el riesgo de que no se les tome en serio. Una ojeada a ese libro, ayudará al necesario matiz de la opinión: Zapata Tamayo cayó preso en medio de la mayor redada política de los últimos 20 años, auto preparándose en el los ejercicios ghandianos de la libertad. Allí consta.

Bibliografía:

Báez Luís. Secreto de Generales (Desclasificado). Editorial SI-MAR S.A, La Habana, Cuba. 1996

Pérez Jr. A, Louis. Vagrants, Beggars, and Bandits: Social Origins of Cuban Separatism, 1878-1895. USA. 2010

Savater, Fernando. La Tarea del Héroe. Edciones Destino. México. 2005.

Schwartz, Rosalie, Lawless Liberators: Political Banditry and Cuban Independence Durham: Duke University Press, 1989.

Sloterdijk, Peter. Crítica de la Razón Cínica. Ediciones Siruela. España. 2003

NOTA: El presente ensayo, ahora en versión corregida, fue escrito a pedido de la Revista ISLAS. Una revista de temas raciales que se edita en Miami, Estados Unidos. El ensayo forma parte de un dossier especial dedicado a Orlando Zapata Tamayo que ISLAS publicará en su próximo número. Se agradecería su no reproducción antes de la fecha de salida de este número de ISLAS. No obstante, en caso de que se reproduzca, parcial o totalmente, debe citarse la revista como fuente.

La Habana, 25 de abril de 2010



DEMOCRACIA A LA CUBANA: ELECCIONES Y LINCHAMIENTO POLITICO
26 abril, 2010, 19:50
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Por Miriam Leiva

Periodista Independiente

Un joven alto en short, t shirt y sandalias parado en medio de la acera, a pocos metros de la embajada de Canadá, mira hacia la oficial del Ministerio del Interior dentro del auto que se aproxima. Asienten con la cabeza.  La mujer se baja, seguida de otra uniformada y tres hombres, evidentemente igual que el joven, agentes de la Seguridad del Estado.

  • ¿Miriam? , dice la oficial. (Ya sabía yo que era el sujeto de interés).
  • Sí.
  • Deme su carné de identidad y la cámara.  No puede retratar los operativos de la Seguridad del Estado, porque no es periodista extranjero ni  periodista acreditado.
  • ¿Pero, me devolverán la cámara?
  • Si.

La oficial entrega el carné a otro agente que sobre el baúl del auto escribe los datos de mi CI.

  • ¿Qué tiene en ese bolsillo?, me dice la otra oficial cuadrada frente a mi, como si se me ocurriera la tonta idea de huir.

(Me saco todo del bolsillo del pantalón)

  • ¿Quiere?
  • No, responde mientras le muestro lo que llevo en ambos bolsillos.

La oficial me devuelve el CI y la camarita, ya borrada.

  • No puede tomar fotos de los operativos de la Seguridad del Estado.  Usted no es periodista extranjera ni periodista acreditada, repite con dureza.

Vuelvo a caminar lentamente por la acera, me coloco el sombrero para protegerme del sol, que en realidad hoy no es fuerte.

Mientras el gobierno publicita a voz en cuello la votación en las elecciones más democráticas del mundo, que se efectúan este domingo 25 de abril, la Seguridad del Estado tiene montado un inmenso operativo alrededor de la Iglesia Santa Rita de Casia, en 5ta avenida de Miramar.

  • Deme su carneé identidad, me había dicho una mujer vestida de civil, acompañada por varios agentes, en la esquina de 5ta y 30, cuando me dirigía, como casi todos los domingos, para el oficio de la misa. Lo entregué, y luego de revisar varias hojas con nombres, pasó a otras con fotos.  Me lo devolvió.  Yo no estaba.
  • Perdone la molestia.
  • Gracias, dije con la educación de mis padres.

¿Qué acontecimiento tan peligroso ocurriría en Santa Rita y sus alrededores?  Lo mismo de hace 7 años y un mes:  las Damas de Blanco.  El gobierno ha ensayado muchos métodos represivos para contenerlas, pero sin éxito.  Sólo que ahora hay una especie de prueba de fuerza entre el omnipotente Estado y las indefensas mujeres pacíficas.  La Seguridad del Estado les ha avisado que únicamente podrían caminar por 5ta avenida, de la calle 30 a 22 (lo que han hecho todos los domingos desde el 30 de marzo de 2003), pero tienen que solicitar permiso 72 horas antes y únicamente pueden ir acompañadas de 10 mujeres de apoyo.  Ellas han pedido que les entreguen un escrito, y como no lo han recibido, continúan su tradición.

Recuerdo aquella época en que quizás un domingo caminábamos sólo 5, porque habían impedido a las demás llegar, bajándolas de los ómnibus en las provincias o haciendo un “mitin de repudio”, como ocurrió a Isel Acosta sola en su hogar, rodeada por unas 500 personas allá en Sancti Spiritu.  Pero Isel y las demás continuaron viniendo.  En 5ta siempre habría algunas.  No es una cuestión de cantidad, sino de derecho, justicia y dignidad.

Las mujeres que demandan la libertad inmediata e incondicional de sus seres queridos llevados arbitrariamente a prisión en Marzo de 2003,  prisioneros de conciencia con condenas hasta de 28 años de cárcel, y masacrados en las prisiones por el único delito de amar su Patria, se fortalecen con esos atropellos.

El 25 de abril, una turba de hombres…y algunas mujeres… insultaron y gritaron supuesto apoyo a un gobierno tan prestigioso que los arrió custodiados por desmesuradas fuerzas de la Seguridad del Estado, cerró la importante 5ta avenida de Miramar, desvío el tráfico y apostó cerca  medios de transporte y comunicaciones.  ¡ERAN 6 MUJERES!  No necesitaban más.  Las mujeres de apoyo, que las acompañaron en ciertos momentos, deben recibir reconocimiento, pero en realidad las Damas de Blanco pueden ir solas, como surgieron: voces, familiares de los 75 prisioneros de conciencia de la Primavera Negra del 2003.

Este 25 de abril al mismo tiempo se efectuaba elecciones municipales en toda Cuba.  El gobierno propagandizaba su democracia. Pero 6 mujeres no podían expresarse pacíficamente.  ¿Dónde  está el respeto a los derechos humanos de este “fuerte régimen”?  Todos somos cubanos, todos tenemos que tener derechos.

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SOBRE LA CORRUPCION Y OTROS DEMONIOS EN LA SOCIEDAD CUBANA
21 abril, 2010, 22:55
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Por Oscar Espinosa Chepe

Economista y Periodistas Independiente

En paralelo con la profundización de la crisis que desde hace años azota la sociedad cubana crece la corrupción con  fuerza; hoy más visible que nunca en los niveles más altos del gobierno.  Este criterio es ampliamente compartido por la ciudadanía.  A tal punto, que connotados voceros del régimen lo han reconocido;  por iniciativa propia o porque el problema es tan grave que determinados dirigentes los han inducido a realizarlo.

Así Esteban Morales, conocido académico oficial, en la website de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) realizó acusaciones tan fuertes como que “…hay gentes en posiciones de gobierno y estatales, que se están apalancando financieramente, para cuando la revolución se caiga, y otros, que pueden  tener casi todo preparado para producir el traspaso de los bienes estatales a manos privadas, como tuvo lugar en la antigua URSS.”  Para avalar este argumento, el  asiduo participante en la Mesa Redonda de la televisión,  cita el escándalo en curso relacionado con el empresario Max Marambio, chileno por muchos años vinculado a la cúpula de poder en Cuba, y al Affaire Lage-Pérez Roque con implicaciones de tráfico de influencias y  supuestos vínculos con el Servicio de  Inteligencia de España.  Además, de otros ampliamente conocidos fenómenos de  corrupción en pleno auge.

Aunque muchas de las cuestiones apuntadas en el artículo sean ciertas, Morales soslaya que el régimen totalitario existente es la fuente de toda la corrupción y, hasta tanto el disfuncional sistema esté presente,  la corrupción no podrá ser extirpada.  En primer lugar, el antídoto contra la corrupción en cualquier parte del mundo es la existencia de una sociedad civil fuerte y en desarrollo, constituida en un marco democrático y con  transparencia. En Cuba, la existente hasta 1959, a pesar de sus considerables defectos, fue destruida totalmente, lo que no pudieron lograr ni las tiranías de Machado y  Batista.  Nuestra sociedad se quedó sin un mínimo sistema inmunológico para por lo menos, en alguna medida, prevenir  las enfermedades oportunistas que cual cáncer devoran las naciones.

En Cuba no existe prensa independiente que denuncie la corrupción, sólo esto se realiza cuando se reciben  “órdenes de arriba”.  Aún el escándalo de las empresas Río Zaza,  Sol y Son y la muerte de un gerente chileno en La Habana no se ha reflejado en la prensa oficial en la extensión requerida.  Mucho menos se habla del alud de comentarios populares sobre la salida el General Rogelio Acevedo como presidente del Instituto de Aeronáutica Civil de Cuba (IACC), y la multitud de especulaciones sobre actos delictivos atribuidos a  altas figuras oficiales. El Affaire de Carlos Lage, Felipe Pérez Roque y otros  personajes, a pesar del tiempo transcurrido, no se ha explicado adecuadamente, y sólo se conocen algunos detalles por referencias extranjeras y de pocas personas, a quienes casi clandestinamente se les mostró un video sobre este escabroso asunto.

Adicionalmente, en Cuba no existe separación de poderes.  El legislativo, con la Asamblea Nacional en primer lugar,  es una ficción constituida por un rebaño de personas que en vergonzosa actitud aprueban por unanimidad todas las directivas recibidas del “poder”, sin preocuparse por indagar sobre cualquier asunto “conflictivo”, especialmente la corrupción en los altos niveles  gubernamentales. Ni que decir de un sistema judicial conformado para servir de instrumento represivo  contra todo ciudadano que se atreva a protestar.

A este panorama se añade la centralización económica, utilizada para  el control absoluto de la ciudadanía, aunque  su inviabilidad económica  está demostrada en que la inmensa mayoría de las empresas y entidades presupuestadas carecen de contabilidad confiable, en un país con dualidad monetaria.

Todo ello ha conducido a la sistemática destrucción de la nación y el surgimiento de problemas diversos, incluidos altos niveles de miseria. Hoy, como ha reconocido el General Raúl Castro, el salario medio mensual no alcanza para satisfacer las necesidades mínimas de un profesional o un trabajador cualquiera y su familia. Esto empuja a muchas personas a delinquir. Por tanto, no es casual que Cuba tenga una de las poblaciones penales por habitante más alta del mundo: 531 presos por 100 000 habitantes, según estimaciones de The Economist -El Mundo en Cifras, edición 2010. Una cifra cercana puede encontrarse en el Informe de Desarrollo Humano 2007-2008 de PNUD.

Como consecuencia del desbarajuste imperante, existe un proceso de privatización anárquico, por el cual muchos administradores  utilizan los bienes del Estado como propios.  Mercancías vendidas en tiendas estatales pueden ser en realidad propiedad de particulares.  Barberías, peluquerías, zapaterías, reparadoras de bienes duraderos y otros centros de trabajo cobran precios superiores a los establecidos oficialmente, y para poder dar los servicios compran los insumos y reparan los locales con sus propios ingresos, al no recibir recursos del Estado.

A esto no escapan en cierta medida la educación y la salud pública.  Debido al acelerado deterioro de la calidad de la instrucción,  los maestros repasadores se han incrementado vertiginosamente. Los familiares conscientes de que sus hijos no se instruyen debidamente en las escuelas, pagan profesores extras, habiéndose creado de hecho un sistema de educación privado, paralelo al estatal.

A su vez, florece el comercio de los medicamentos en el mercado negro, robados de los almacenes del Estado, mientras  en los establecimientos públicos escasean.  Aunque en los hospitales, policlínicos, dispensarios existen muchos profesionales honestos, crece la tendencia a que el servicio dependa del “aporte” del paciente.  Eso ha cogido tal vuelo, que hasta la prensa oficial lo ha señalado.

Se añaden los efectos perniciosos de la crisis sobre los valores cívicos, espirituales y morales de la población, estimulándose el  sentimiento de frustración  por un proceso que prometió el paraíso y ha llevado a la nación al infierno.  Es evidente que para detener la corrupción se requiere un cambio radical  del sistema económico, social y político que ha conducido la sociedad a un callejón sin salida, como ya solicita la mayoría de los cubanos.

La Habana, 21 de abril de 2010



SIN AZUCAR NI PAIS
19 abril, 2010, 22:48
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Litografía de Ingenio azucarero

Por Oscar Espinosa Chepe

Economista y Periodista Independiente

La próxima desaparición del Ministerio del Azúcar, que será reemplazado por una empresa estatal, ha sido anunciada por agencias de prensa extranjeras, basadas en informaciones de fuentes empresariales cubanas. Esta decisión no sorprende en absoluto.

La poderosa industria azucarera cubana, espina dorsal de la economía en otros tiempos,  se encuentra en vías de desaparición, a tal extremo que desde hace varios años se importa azúcar de Colombia y Brasil.  La situación es tan grave que hasta el guarapo -jugo de caña-, y la raspadura -sabrosa melaza concentrada-,  son desconocidos por la mayoría de los jóvenes y muchos adultos ni recuerdan su sabor. Dada la poca disponibilidad de azúcar, la cuota que se vende racionada fue nuevamente reducida a partir de Enero de 5 libras por persona al mes a 4 libras.

La zafra empezada en diciembre de 2009, ya próxima a concluir, apenas podrá remontar el millón de toneladas de azúcar, cantidad alcanzada en 1892, y sobrepasada en 1894, cuando Cuba era colonia de España. Asimismo, han molido 44 centrales; la cifra más baja en todo el Siglo XX.  En cuanto a los rendimientos cañeros por hectárea, según destaca la prensa nacional, provincias como Cienfuegos, con gran tradición azucarera, no rebasan las 27 toneladas.  Esto significa que no rinden ni tres toneladas de azúcar por hectárea, mientras que en los últimos 10 años anteriores a 1959, como promedio, fue de 5 toneladas por hectárea, según aparece en “El Ingenio”, monumental obra del Profesor Manuel Moreno Fraginals.  Hay que subrayar que el promedio mundial fue de 67 toneladas de caña por hectárea en el período 2003-2007, de acuerdo a datos de FAO.

En la información recogida por las agencias internacionales se refleja la intención de las autoridades cubanas de estimular la inversión extranjera en la industria azucarera para reconstruirla.  En las actuales condiciones, ese objetivo parece muy difícil de lograr, por cuanto los centrales están en precarias condiciones, absolutamente descapitalizados, conjuntamente con toda la infraestructura vial, de transporte, instalaciones portuarias, producción de derivados, etc.  Las plantaciones también tienen muy malas condiciones, con rendimientos cañeros inferiores a las 33 toneladas por hectárea como promedio nacional en el lapso 2003-2008, de acuerdo a  estadísticas oficiales.  Peor aún, las tierras dedicadas a las plantaciones, como todas las áreas agrícolas del país, han sido muy maltratadas durante los últimos decenios, afectadas por la  erosión,  sobreexplotación, salinidad, alta acidez en los suelos, mal drenaje y compactación. A causa de ello, el 70,0% de la tierra cultivable tiene poca fertilidad, según expertos del Ministerio de la Agricultura en información brindada en noviembre del pasado año.

A este lamentable panorama se une la grave situación financiera, que incluso impide el reintegro del dinero de las empresas extranjeras depositado en bancos cubanos. Por tanto, con la agroindustria azucarera destruida en grado sumo y sin ningunas garantías para los inversionistas foráneos, parece muy difícil que alguien en el mundo invierta su capital en Cuba y mucho menos en la agroindustria azucarera. Por supuesto, si hubiera un cambio radical del sistema económico y social vigente, que ha llevado el país al desastre, y se empezaran a acometer reformas radicales, podrían crearse las condiciones para la recuperación de la industria azucarera, así como de otros sectores para cuyo desarrollo existen condiciones idóneas.

La caña es un cultivo muy noble, que puede aportar muchos subproductos adicionales al azúcar, entre ellos el etanol, con magníficos beneficios económicos y medio ambientales. Pero hasta tanto las transformaciones lleguen, la destrucción de la industria azucarera cubana se profundizará.

Antes de 1959 se decía que “sin azúcar no hay país”.  Desafortunadamente, el gobierno cubano ha confirmado esa aseveración.
La Habana, 18 de abril de 2010



La Iglesia cubana invita a la cordura en el enfrentamiento Gobierno Oposición
19 abril, 2010, 21:00
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Palabra Nueva, revista de la Arquidiocesis de La Habana, reproduce, en su edición de este lunes una entrevista con el cardenal Jaime Ortega,  hecha por Orlando Márquez, en ella el arzobispo de La Capital de Cuba se refiere a varios temas delicados, entre  ellos;  la posición de la Iglesia frente al caso Zapata, Fariñas, las Damas de Blanco y los presos políticos.  Veamos un  fragmento:

https://i0.wp.com/www.latinamericanstudies.org/religion/jaime-ortega.jpg
Cardenal Jaime Ortega

NUESTRA VOZ ES UN LLAMADO AL DIÁLOGO
Entrevista con el cardenal Jaime Ortega, arzobispo de La Habana (Fragmento)

[….]

N.: En las últimas semanas esta situación de enfrentamiento se ha agudizado, específicamente a partir de lamuerte del preso Orlando Zapata Tamayo debido a una huelga de hambre. Al menos otro ciudadano cubano se ha sumado a este tipo de protesta, las esposas y madres de los presos políticos se manifiestan por sus seres queridos, a lo que el gobierno cubano responde con firmeza… Todo esto enrarece aún más el ambiente. ¿Es posible un diálogo en estas condiciones?
C.J.O.: El hecho trágico de la muerte de un prisionero por huelga de hambre ha dado lugar a una guerra verbal de los medios de comunicación de Estados Unidos, de España y otros. Esta fuerte campaña mediática contribuye a exacerbar aún más la crisis. Se trata de una forma de violencia mediática, a la cual el gobierno cubano responde según su modo propio.
En medio de esto ¿qué puede hacer la Iglesia por el bien común? Ciertamente su misión le impide sumarse simplemente a una de las dos partes enfrentadas, con propósitos políticos de desestabilización de un lado, y con el consecuente atrincheramiento defensivo de otro. Lo que nos corresponde como Iglesia es invitar a todos a la cordura y a la sensatez para que se pacifiquen los ánimos.
Sabemos que un llamado a la Paz es, históricamente, inútil en el fragor de una guerra. Pero es el llamado que siempre ha repetido la Iglesia en todo tiempo y ante cualquier conflicto. El Papa Pablo VI acuñó una frase que tiene aquí toda su validez: “Diálogo es el nuevo nombre de la Paz”. Porque en medio de ese fuego cruzado de palabras y argumentos resulta afectado el pueblo, cansado y deseoso de un presente y un futuro más sereno y próspero. Si nuestra voz fuera escuchada, necesariamente tendría como contenido un llamado al diálogo.
Este llamado lo hicimos los obispos de Cuba en nuestra nota que lamentaba la trágica muerte de Orlando Zapata, en la que pedíamos “a las autoridades que tienen en sus manos la vida y salud de los prisioneros, que se tomen las medidas adecuadas para que situaciones como éstas no se repitan y, al mismo tiempo, se creen las condiciones de diálogo y entendimiento idóneo para evitar que se llegue a situaciones tan dolorosas que no benefician a nadie y que hacen sufrir a muchos”. Esta disposición conciliadora, aunque parezca mostrarse infructuosa, es la misma que repetimos en el caso de Guillermo Fariñas, el otro ciudadano cubano que se ha sumado a este modo de protestar: pedirle que abandone la huelga de hambre.

P.N.: En este ambiente de acción-reacción, hemos visto incrementarse entre nosotros las respuestas con alguna forma de violencia contra quienes expresan en Cuba sus desacuerdos o reclamos, específicamente en el muy comentado caso de las Damas de Blanco. ¿Qué piensa de esto?

C.J.O.: No es el momento de atizar las pasiones. Por eso resultan penosos los actos de repudio hacia las madres y esposas de varios presos, a las cuales se unen ahora otro grupo de mujeres, conocidas todas como las Damas de Blanco.
Después de los dolorosos actos de repudio ocurridos con ocasión del éxodo de El Mariel en 1980, pensaba que éstos no retornarían más a nuestra historia nacional. En aquella ocasión, los obispos nos entrevistamos con un alto funcionario del gobierno que, tras escuchar nuestras consideraciones sobre esos actos, nos dijo: “pueden irse tranquilos, estos actos tienen que acabarse y será muy pronto”. En efecto, los actos de repudio desaparecieron poco después en aquella ocasión. Pero con sorpresa vimos que algún tiempo después estas acciones comenzaron a aparecer de nuevo en la escena nacional, y también entre cubanos del sur de la Florida frente a otros cubanos de pensamiento diverso, o artistas procedentes de Cuba, etc. No debe quedar en nuestra historia
como pueblo este tipo de intolerancia verbal, y aún física, como rasgo característico del cubano. De hecho son siempre pocos quienes escenifican estos actos que no indican el sentir de la mayoría.

P.N.: Volviendo a los presos políticos. Recuerdo que a raíz de las detenciones y juicios sumarios del año 2003, tanto la Santa Sede como los obispos cubanos pidieron a las autoridades gestos significativos de clemencia, gestos humanitarios para con personas que habían recibido largas sentencias y eran enviados muy lejos de sus casas. ¿Continúa la Iglesia expresando su interés por estas personas? ¿Hay algo nuevo al respecto?

C.J.O.: Respecto a los presos por causas políticas, la Iglesia ha hecho históricamente todo lo posible porque sean puestos en libertad, no sólo los enfermos, sino también otros.
Con la participación de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos en la década de los 80 salieron de la cárcel un buen grupo de presos, que junto con sus familiares más cercanos partieron para los Estados Unidos. Considerados todos juntos, prisioneros y familiares, fueron más de mil los que en varios vuelos costeados por los obispos norteamericanos salieron de Cuba. Sólo los que tenían grandes delitos de sangre no recibieron visas para los Estados Unidos u otros países. A petición del Papa Juan Pablo II en su visita a Cuba, también un buen número de presos fue puesto en libertad y emigraron cuantos recibieron visas de diversos países, con la misma reserva hacia los delitos graves por los países receptores.
Esto es lo que siempre hace la Iglesia con los presos y toda persona afectada en relación con ellos, como son sus familiares. Lo mismo ha hecho con respecto a los cinco cubanos presos en Estados Unidos a solicitud de sus familiares, haciendo gestiones, hasta ahora infructuosas, para que al menos dos de las esposas que hace ya casi diez años que no ven a sus esposos puedan visitarlos. Con respecto a todo aquel que se encuentra en situaciones deplorables, sin analizar las causas ni las razones de su condena, la misión de la Iglesia es siempre la de la comprensión y la misericordia, actuando discreta pero eficazmente para que la situación de esas personas afectadas sea superada para bien de ellas y de los suyos, aunque no siempre se logren los resultados esperados.
En suma, en este tiempo difícil, la Iglesia en Cuba pide la oración y la acción de todos los creyentes para que el amor, la reconciliación y el perdón se abran paso entre todos los cubanos de aquí y de otras latitudes.

Fuente: Servicio de Noticias – Revista Palabra Nueva. © 2010



LOS PARLAMENTOS APOYAN AL PUEBLO CUBANO
15 abril, 2010, 23:27
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Por Miriam Luisa Leiva Viamonte

Periodista Independiente

El Congreso y el Senado de España aprobaron los días 13 y 14 de abril sendas iniciativas para que su gobierno a través del diálogo que sostiene con el cubano consiga la entrada de la Cruz Roja Internacional y el Relator de ONU de Derechos Humanos a las cárceles con presos de conciencia y políticos; la liberación inmediata e incondicional de los prisioneros de conciencia y el final de la huelga de hambre de Guillermo Fariñas; poner las bases para un futuro de reconciliación nacional, respeto a los derechos humanos y libertades fundamentales y mejora sostenible del nivel de vida del pueblo cubano. Las votaciones contaron casi con unanimidad por las negociaciones del Partido Popular y el PSOE (en el poder) y el apoyo de CiU, PNV, UPyD y UPN,   con sólo 7 votos en contra de los grupos de ultraizquierda vinculados al totalitarismo cubano y  4 abstenciones de Coalición Canaria.

La dura realidad se impuso, el PSOE y el gobierno español finalmente llegaron a la conclusión de que tenían que modificar su actitud de diálogo laxo con las autoridades cubanas. Es realmente lamentable que aún queden dirigentes de la izquierda incapaces de romper sus compromisos con el régimen y nieguen a los cubanos la democracia que disfrutan en su país.

Actualmente se aprecia que el totalitarismo con sus promesas de cambios, entre el 31 de julio de 2006 y marzo de 2010 procuraba sortear la delicada situación política causada por la súbita enfermedad de Fidel Castro. La sociedad cubana se encuentra en la encrucijada entre el viejo régimen y el nuevo porvenir.  El desastre político, económico y social no se puede remontar por los estertores de las fuerzas retrogradas, que lustran sus armas y ejercitan sus órganos represivos con operativos desproporcionados contra pacíficos opositores, en maniobras callejeras en las que mueven a los atacantes transportados por ellos mismos como entrenamiento antimotines, aunque corren el riesgo de que se les vaya de las manos.  Forma también de amedrentar a los cubanos atormentados por las carencias e incrédulos, para prevenir la desobediencia civil.  Alerta a los silenciosos descarriados de partido, gobierno y militares con inclinaciones reales a los cambios, porque no hay que ser muy sagaces para darse cuenta de que están hundiendo Cuba  y con ella todos sus privilegios, o que quien posea  dignidad y  decoro tiene que ayudar a salvarla.

Pero el estrangulamiento de la oposición ahora es mucho más complejo que durante la Primavera Negra de 2003.  Más allá de la crisis general de la sociedad, está la crisis de gobernabilidad y la desesperación por mantener el poder absoluto de una élite.  La asonada de hace 7 años lamentablemente alerta sobre la decisión del régimen de preservarse a toda costa. De ahí la trascendencia de la contención internacional.  Estamos convencidos de que la responsabilidad del destino de Cuba es de los cubanos, que de muchas formas somos rehenes del sistema. Los contestatarios ya son millones, y los decididos a afrontar pacíficamente todas las represalias somos miles porque luchamos por la democracia y la reconciliación con respeto a la diversidad, sin odios ni revanchas.    En Cuba el desenlace parece casi tan imprevisible hoy, como lo fuera en la mayoría de los países de Europa del Este a fines de los 80. Las autoridades cubanas aprendieron de esas experiencias y procuran impedirlo a toda costa, a tal punto que son timoratas hasta para emprender pequeñas reformas que contribuyan a preservar su poder, y ellas mismas cumplir su deber elemental de propiciar “la evolución de la mariposa”, flor blanca símbolo nacional.

Los prisioneros de conciencia y políticos, sus familias y toda la oposición pacífica nos sentimos realmente agradecidos de los esfuerzos de nuestros hermanos españoles por contribuir a la justicia y el futuro bienestar de nuestro pueblo.  Como también estamos muy agradecidos de los parlamentos,  personalidades y pueblos de otros países, en particular los latinoamericanos donde comienza el despertar con los ejemplos de México, Brasil, Chile y otros.

Como señalara Joan María Roig, senador de Convergencia y Unión (CiU), “con la aprobación de la iniciativa, se ha realizado un avance sustancial en el reconocimiento de que en Cuba existe un grave problema que se debe abordar desde la seriedad, el rigor y la exigencia”.

La Habana, 15 de abril de 2010